La sharing economy, o economía del compartir, es un concepto en auge al que muchas personas y colectivos se estan aproximando desde diferentes perspectivas. Aún así, está estrechamente relacionado con la economía del conocimiento y todo lo intangible (todo aquello digital que se articula a través de la red). Aunque ultimamente, las impresoras 3D y el Open Hardware están materializando parte de este sharismo y contribuyendo a dar una dimensión física a esta nueva estructura social basada en el comunal, la desintermediación y el DIY/DIWO.

En otra instancia, numerosos estudios (a los que se pueden sumar experiencias própias) ponen de manifiesto que en los entornos rurales el uso de las TIC es mucho menor que en las poblaciones urbanas, por lo que la economía del conocimiento (tan ligada a la actividad digital y el valor añadido) – y en consecuencia la sharing economy-  aún es un factor latente.

En el campo manda la producción agrícola, la ganadería, la explotación forestal… y aunque a veces pueden estar relacionadas con el comunal o las cooperativas- sobretodo cuando se trata de actividades económicas significativas- hay cierta individualidad que caracteriza la vida social rural, en contraste con la colectividad permanente de las ciudades.

Es por eso que cuando descubrí la Biblioteca de las cosas, un espacio al que ir a por una taladradora -que vamos a devolver después de colgar unos cuadros- a por juegos de mesa -para jugar una tarde en casa- o a por cualquier otra cosa que este disponible; pensé que era un proyecto relacionado con esta economia del compartir que podría funcionar en las  zonas rurales. Como los bancos de semillas, aunque el primero haya surgido en pleno Berlin.

Aquí, en la periferia rural de San Luis hay muchas iniciativas que buscaban “crear comunidad a través de las TICs” que no han conseguido trascender. A pesar de haber comunidades reales, los miembros o usuarios no han encontrado ningún aliciente en utilitzar las herramientas digitales para mejorar la vida de su comunidad u optimizar sus proyectos (comunitarios), hablamos de comunidades relacionadas con la ecología, la permacultura, la agricultura e incluso el turismo rural o el ecoturismo.

Los bancos de tiempo, por ejemplo, que tan bien funcionan en muchas ciudades, aquí no han logrado enraizar. Y aún menos cuando se han articulado online…  Puede que sea porque en el campo las unidades familiares (suelen ser numerosas: abuelos, padres, hijos, nietos) conforman equipos de especialistas que son capaces de satisfacer sus propias necesidades. La família como comunidad, ¿pero y más allá? ¿Qué interés pueden tener estas famílias (tradicionales) de participar en actividades (de inmigrantes urbanos o jóvenes con ideas globalizadas) que quieren transformar el entorno? (aunque sea para bien).

¿Como se pueden articular las distintas comunidades reales en una meta-comunidad definida por el territorio? ¿Como podemos crear relaciones sinérgicas (win-win) con nuestros vecinos, y a la vez generar un proceso de transformación?

La Biblioteca de Cosas me pareció una buena idea para “generar comunidad” en un entorno donde nadie se prende, ya que ofrece la posibilidad de cubrir necesidades reales: necesito una bordeadora, necesito una motosierra, necesito herramientas para arreglar vehiculos o reparar mi bicicleta…. Sobretodo, porque a diferencia de otras inciativas,  ahora hablamos de cosas tangibles. De objetos.

Por ejemplo, disponer de todas las herramientas necesarias para la vida rural sale caro, además de ser una inversión que no tiene sentido si no se proyecta una estancia prolongada en el mismo sitio. Por un lado,  aquí muchas famílias no disponen de recursos para acceder a estas herramientas. Y por el otro, cada vez son más las personas que deciden vivir-viajar por diferentes zonas rurales del planeta… ¿Deben viajar con sus motosierras?

Una biblioteca de las cosas permitiría a todos los vecinos disponer de todo cuando precisaran, además de ofrecer la posibilidad de acceder a productos o cosas que son de difícil acceso en el campo, o que no se consideran productos de primera necesidad como juegos, libros, tecnología, música… A la vez que generaría un espacio (físico) de intercambio,  un punto de sociabilización.

La biblioteca de las cosas puede ser una buena idea para articular esta meta-comunidad, para socializar con los vecinos, y para recuperar algunas de las tradiciones de campo tant ligadas al commons, como las mingas (mink’a) – lo que hoy llamaríamos hackatons- que se hacían para levantar casas, cosechar, limpiar bosques…

… o para hacer estufas.

Gracias a las mingas (mink’a), y a la colaboración de nuestros vecinos-miembros-de-nuestra-comunidad,  ahora tenemos una hermosa estufa rocket en casa (construida con barro y materiales reciclados) para pasar el invierno calentitos sin gastar un dineral en electricidad.

Ahora que van a terminar las lluvias necesitaremos volver a cortar el pasto, estaría genial poder ir a la biblioteca de las cosas a por una bordeadora y compartir unos mates con los vecinos, mientras ellos me cuentan que sembrar en invierno, y yo, como como configurar su antena wifi.

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